martes, 9 de junio de 2009

FIGURITA DE PLASTICINA


Gianna Michaels y el pene afeminado
En una tarde de calorcito pegajoso

Los gringos son aficionados a maquillar las películas porno, hacerlas cotidianas y crear la ilusión del alcance democrático, lo que acelera las fantasías de quien las observa. Un vaso de cerveza, una mesa con un quitasol cruzando la mesa (las cosas nos expresan su sexualidad-penetración evridei), en un local que podría ser como cualquiera (la gracia es que sea como cualquiera), en donde se junta una pareja de ocasión (como las que soñamos los pajeros evriminit), para charlar brevemente en una suerte de empelotamiento simbólico previo.




Gianna, cuyas medidas corporales alcanzan a las 9 cuartas en su nivel pectoral, 3 ¾ en su delgada cintura (que debe fortalecer diariamente con el fin de sostener el amplio capitel de su cuerpo) y 8 ½ cuartas en lo que es el complejo poto-vientre-muslos, con sus ojos separados, su boca grande (“buen molde” diría el Negro Bravo), y su nariz levemente larga y ratonil, ríe semi nerviosa (porque la actuación no es su fuerte), mirando su futura presa con ojos asesinos de calentura.


La conversación es un adorno, un catalizador lacónico de toda la energía desplegada a nivel no verbal, un tubo de escape: las miradas, las inmensas curvas voluptuosas de Gianna; me imagino (desde el lugar de Gianna) la figura de la poronga erectada palpitando como un ser vivo a través del pantalón, la boca, el deseo, el cambio de piernas y sobretodo, la certeza del show, la certidumbre de que en esa conversación nada se juega y que es, más que nada, un aperitivo, un causeo para la imaginación.


La hora ha llegado y parten abrazados hacia un cuarto que está a la vuelta. Entrecruzados sus manos no se aguantan y tocan lo que tienen que tocar. Pero Gianna es distinta. Apenas cruza la puerta se lanza en emboscada como una leona en busca de la poronga-bamby. Gianna no necesita cariño. Mientras sus manos desabrochan el pantalón, como un rotwailer, busca con su boca, encuentra, se traga aquella asustada quena de carne y la chupa a mil por hora, hambrienta (como aquellos desesperados que luchan por la comida lanzada desde los camiones), excesiva, siempre golosa. Impotente, el hombre que ve tal huracán, toma con sus manos la cabeza de Gianna y la aleja quirúrgicamente de su cuerpo. Tamaña intensidad sólo provocará la extinción del galán: el champañazo del caballero, el “corten” del director, y los ejercicios para que la herramienta extenuada vuelva a la vida.


Gianna, mira a los camarógrafos como pensando que si uno es poco, de a muchos la filmación llegará a su éxito. Los mira con una sonrisa amplia, que en conjunto con su nariz doblegada ante la inflexión facial de la risa, le da un matiz jack nicholsonizado, de perversión. Acto seguido, el galán se recupera de la primera embestida y Gianna toma nuevamente el control. Coloca su cola delante del susodicho y presiona. Gianna se mueve como una licuadora, cierra los ojos y se ríe perversamente mientras sus “naturals boobs” se tambalean en caótico sentido. El hombre está, sin duda, dominado ante la sobrenatural calentura de Gianna, ante su voluptuoso cuerpo, y ante esa mirada perversa, esa risa maquiavélica que trastoca los valores de género: el hombre violado, asustado, superado y afeminado; la mujer vejadora, soberbia, dominante y violadora. Así es Gianna.

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